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La Ganadería

La economía pasiega está ligada a la ganadería desde hace varios siglos hasta la actualidad, aunque cada día son más los jóvenes de la comarca que abandonan la actividad ganadera para ir a buscar trabajo en las zonas de la región más industrializadas. En el caso de Selaya, aunque se está imponiendo el sector servicios en el núcleo propiamente urbano, todavía gran parte de la población vive de la ganadería. Ahora bien, los ganaderos actuales tienen que adaptarse a las condiciones que exige el mercado, por medio de una cabaña ganadera moderna y competitiva, con toda clase de adelantos y maquinaria que resulta muy difícil trasladar a zonas altas. Debido a esta dificultad, la modernización la han llevado a cabo sólo los ganaderos de las llanuras del Valle de Carriedo, donde existen grandes explotaciones ganaderas, mientras que los habitantes de las cabeceras, como son los de San Bartolomé, Bustantegua, Campillo o, sobre todo, los de Pisueña, siguen practicando la ganadería del modo tradicional, como hace siglos.

A comienzos del siglo XIX el mercado experimentó un aumento de la demanda de leche, provocando una introducción masiva de la vaca frisona, conocida también como la pinta o la holandesa, más adecuada para este tipo de producción, en detrimento de la vaca pasiega autóctona, la cual, con el tiempo, llegaría a desaparecer.

La vaca pasiega autóctona era muy apreciada dentro y fuera de la comarca pasiega. Escasa de alzada, cabeza pequeña, cornamenta fina y de pelo rojizo, era también conocida como “rojina”. Resultaba un animal muy duro, que se adaptaba perfectamente a las rígidas condiciones de la zona. Aunque daba poca leche, apenas ocho litros diarios, era muy rica en grasa con la que podían hacer los pasiegos productos derivados, como quesos y mantequillas, que después vendían en los mercados y que gozaban de gran aceptación. Pero fue precisamente esa escasez de leche lo que hizo que algunos pasiegos que se habían trasladado a Madrid, Barcelona o Zaragoza para formar vaquerías, se dieran cuenta que la vaca pasiega no era la más adecuada para la producción, la cual se había incrementado mucho en los últimos años, debido al constante crecimiento de la población urbana que demandaba cada vez más litros de ese producto.

Por este motivo comenzaron a importar la vaca frisona hacia 1865-1870, animal que se adaptó perfectamente a esta comarca y que finalmente absorbió a la vaca pasiega antes de que terminara el primer tercio del siglo XX. Aunque no es seguro que fueran los pasiegos los primeros en importar la vaca pinta, lo cierto es que comenzó a desarrollarse una actividad ganadera moderna e intensiva, basada sobre todo en el ganado bovino y desapareciendo casi por completo los rebaños de caprino y ovino que, hasta ese momento, habían existido en gran número en la comarca pasiega.

El trabajo que realizan los pasiegos es realmente duro, y exige un gran esfuerzo y dedicación. En verano se puede ver como se produce la siega con el dalle, ya que deben “alzar la hierba”, es decir segar la hierba para después curarla al sol y, una vez seca, meterla en el pajar o payo. Pero entre la siega y el ensilado de la hierba hay un proceso que, según el tiempo que haga, dura más o menos días, y en el que participa toda la familia. Después de la siega se “tiende” la “parva” (la hierba) para que ésta se seque al sol durante el día. Si llueve y aún no ha secado por completo, se “amuduja” o se “acina”, es decir que se hacen pequeñas pilas de hierba para que se moje lo menos posible y evitar que se estropee. Todas estas acciones se repiten hasta que la hierba está completamente seca y se pueda trasladar al pajar donde se “empaya”, esto es, se reparte y se pisa una y otra vez, para que ocupe el menor lugar posible, formando un montón de hierba que se conoce con el nombre de tascón.

El traslado de la hierba al pajar también merece una mención especial, ya que no se hace con ningún tipo de maquinaria y, ni siquiera con la ayuda, en muchos casos, de la tracción animal, puesto que hay lugares que son totalmente inaccesibles, sino que lo hacen por medio de la “velorta”, que consiste en atar la hierba seca a una vara de avellano que mide aproximadamente tres metros, y que se colocará sobre los hombros del “velorteador” para llevarla hasta la cabaña. El peso de una “velorta” cargada varía desde los 40 hasta los 60 kilos, según la fuerza del porteador. Otro medio para transportar la hierba en estos lugares de difícil acceso es el cuévano, un elemento imprescindible con el que se podía transportar cualquier clase de mercancía.