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El Contrabando

Pero en el pasado no faltaron las ocasiones en que su actividad ganadera tuvo que ser complementada, por razones de seria necesidad, con otras en las que también llegaron a destacar, como fueron el contrabando o el comercio, actividades en cierta manera ligadas. Fue durante el reinado de Felipe IV y debido a los aranceles de algunas mercancías, casi 50% más bajos en las provincias Vascongadas que en el resto de puertos del norte, lo que provocó que fueran muchos los pasiegos que se iniciaran en el contrabando.

Llegaban con sus cuévanos y los cargaban de distintas mercancías, sobre todo de tabaco, y en ocasiones se acercaban a Bayona en busca de telas. Regresaban en una marcha que podía durar varios días sin apenas dormir y en la que ponían en peligro sus vidas, huyendo de las autoridades por peligrosos caminos sin más armas que sus inseparables palancus.

Con admiración los describía el filólogo inglés George Borrow hacia 1841: “Pequeña nación o, más bien, casta de contrabandistas que habita el valle del Pas, llevan largas pértigas, en cuyo manejo no tienen rival. Se ha visto a un contrabandista armado con una pértiga, dominar a dos dragones (soldados) a caballo”.

Los productos que traían solían distribuirlos en Santander, contando en ocasiones con alguna ayuda. De esta actividad contrabandista encontramos alguna leyenda que muestra la inteligencia y la habilidad para llegar con los productos a su destino, es el caso de la recogida por G. Morales en su libro La Montaña:

“Por confidentes averiguaron los Carabineros que una pasiega, con el cuévano a la espalda, cargado de contrabando, venía no sé de dónde ni por dónde; la dieron el alto, y la sorprendieron, la registraron, y en efecto, el cuévano venía atiborrado de tabaco.

A Santander se encaminaron con la pasiega y el cuerpo del delito. Gimiendo y llorando iba ella, alegres como unas castañuelas ellos, camino real adelante. Ya se hallaban en el trayecto que media entre Heras y San Salvador, cuando de una vereda que descendía de Cabarga, salió otra pasiega, también con el cuévano a la espalda.

- ¡Jesús! ¡Cristiano! ¡Alabado sea Dios! Juanuca; pero ¿Dónde te llevan esos?
- Cosas de la vida, Mariuca; uno que me encontró en Alisas y me dio el encargo de llevar este cuévano a Santander, y yo que era ignorante de todo, por ganarme una peseta, admití el encargo, y no sé por qué me castigan ahora.
- Ande para adelante, y pocas palabras.
- Como yo voy también a Santander, no creo que pecado haya en que vayamos juntas.
- Vayan juntas, pero andando y callando.
Y así siguieron el camino.
Poco antes de llegar a Muriedas, pidieron descanso las pasiegas, descanso que también convenía a los Carabineros. Sentáronse ellas sobre un bardal. Ellos tiraron de petaca y librillo para liar unos cigarros monumentales, como de quien no gasta dinero en el tabaco.
Al llegar a Muriedas, las pasiegas, dulcemente, se despidieron.
- Que te vaiga bien, que no te apures, que Dios está para proteger a los pobres, etcétera...
Y camino de Torrelavega se fue una, según dijo, siguiendo los demás para Santander.
Llegaron a la ciudad, presentaron los Carabineros la pasiega a sus jefes y dieron parte de aprehensión, y la pasiega, hasta entonces más silenciosa que una carpa, empezó a vociferar:
- Mintiras y más que mintiras que quieren decir estos, por tenerme tirria y mal querer, porque pidieron dineros venturao de mi hombre, y no tenerlos para poderlos emprestar, porque compramos un jatuco y...
- Pero, mi teniente, si trae el cuévano atestado de tabaco de contrabando.
- Mintira, mintira, que solo traigo quesucos y manteca y un pedazo de borona, y cuatro nueces y dos manzanas, y otro pedazo de bonito envuelto en papel de periódico.
Y tiraron del saco que todo lo tapaba, y, en efecto, tenía dentro del cuévano los quesucos, la manteca, las nueces, las manzanas y el pedazo de bonito; item, más, los calzones de un hombre, bastante deteriorados, y que llevaba para buscar en Santander unos pedazos de paño para remendarlos.
El tabaco ya comprenderán los lectores que, dando un rodeo entró en Santander a lomos de la otra pasiega, sin la menor dificultad”.