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Edad Moderna

La base de la economía de la zona seguirá siendo fundamentalmente una agricultura de autosuficiencia y una ganadería con ejemplares valorados, desde la Edad Media, en precios más altos que los de las áreas costeras. Destacaba la ganadería vacuna, a la que acompañaba la ganadería lanar y la de cerda. También se podían encontrar gran cantidad de colmenas, que se nutrían de los espesos bosques de, cuyos árboles, según el Catastro de la Ensenada (1753), se reservaban para la fábrica de bajeles (barcos) de su Majestad, ubicada en El Astillero. Desgraciadamente de este Catastro y en lo que respecta al Valle de Carriedo, sólo se pueden consultar datos de los municipios de Villacarriedo, Saro y Villafufre, ya que los libros de Respuestas Generales de los lugares y barrios del actual municipio de Selaya, se quemaron en el Archivo de la Delegación de Hacienda de Santander.

Es durante la Edad Moderna, cuando los pasiegos colonizan las agrestes montañas de los valles del Pas y del Miera, desde la época de repoblación aprovechaban estos montes para practicar la ganadería de trashumancia, pero no asentaron de forma estable hasta posiblemente el siglo XVI, tiempo en que se levantan las primeras iglesias y ermitas, en torno a las cuales se establecen los primeros núcleos de población: Nuestra Señora de la Vega, San Pedro del Romeral y San Roque de Riomiera. Estos tres núcleos, conocidas a partir de ahora como Las Tres Villas Pasiegas, obtendrán en 1689 el estatuto de Villas de Realengo y su independencia jurisdiccional. En los siglos XVII y XVIII, y debido principalmente a la escasez de pastos para el ganado los pasiegos se irán expandiendo, junto con su modelo ganadero, por los montes de los valles anexos: Toranzo, Carriedo, Ruesga, Soba, Liérganes… En Selaya esta expansión afectará a los barrios más altos del municipio, fruto de ello se desatará más tarde la polémica en torno a si se puede considerar a Selaya como la Cuarta Villa Pasiega. Varios etnógrafos toman a Pisueña como referencia de población típica pasiega, y es que la zona de influencia llegó a extenderse notablemente por esta vertiente, bien fuera por contacto con este pueblo, bien por asentamiento de pasiegos desplazados.

La nobleza será la protagonista social de este tiempo, muestra de ello son sus edificaciones (casonas y palacios), capillas o retablos donados a la iglesias, con los que intentaban que se identificase la antigüedad y el prestigio de su linaje. Esta muestra de prosperidad reflejaba la enorme aceleración económica provocada hacia 1610, con la introducción del cultivo del maíz en Cantabria, que se adaptaba mejor que los antiguos cultivos de cereal, a un clima mucho más húmedo que el de la meseta. No obstante, a lo largo de esta época irán perdiendo fuerza, sobre todo en lo económico, por lo que muchos hidalgos de la región deberán ocuparse ellos mismos de sus tierras, ganados o cualquier otra ocupación, que fuera de la provincia, sería indigna para la nobleza. Poco a poco sólo les va quedando su pureza de sangre, idea que en Cantabria tendrá más arraigo debido al orgullo de no haber sido nunca ocupados por los musulmanes, y cuya obsesión se refleja en los innumerables escudos y blasones que representan en torno a sus propiedades.

En Cantabria, paraíso de recursos naturales, se desarrollan actividades “protoindustriales”, entre las que destacan las ferrerías, siendo la región, un lugar propicio para su instalación, con existencias de mineral de hierro, frondosos bosques con los que elaborar carbón vegetal destinado a la fundición, y corrientes fluviales necesarias para poder mover las ruedas, fuelles, martillos y barquines. Funcionaron en la región hasta 50 ferrerías simultáneamente, pero la decadencia llegó con las restricciones reales en el aprovechamiento de los bosques, cuya madera era reservada para la construcción de la Flota Real en los talleres de Guarnizo y El Astillero. Ésta fue otra de las grandes actividades industriales de la época, sobretodo con la llegada de los Borbones en 1700. En 1734 el Marqués de la Ensenada es nombrado por Felipe V Comisario Real de Marina, encomendándole la tarea de construcción y rearme de bajeles, y en 1745 será nombrado Consejero de Estado, cargo en el que permanecerá con Fernando VI, en ambos casos impulsará una política de rearme naval, que para Cantabria traerá implicaciones positivas, en cuanto al desarrollo de la industria naval, y negativas, en cuanto a la terrible deforestación a la que dio lugar.

Las ferrerías en Cantabria no surgen con la Edad Moderna, prueba de ello es que ya en 1335, el Rey Alfonso XI concedería a las situadas desde “el Haia de Ontón, fasta Llanes”, la exención del pago de moneda forera “y de todo pecho” y algún otro privilegio más.

A las orillas del Pas se instalarían en torno a una quincena de ferrerías, ya que el río era muy propicio para ello, tanto por las corrientes, que provocarían con sus crecidas numerosos destrozos en estas instalaciones, como por la cercanía de zonas boscosas. También se establecerían en sus márgenes numerosos molinos con los que moler el grano, sólo en el siglo XVIII se documentan más de 150 exclusivamente en el Valle de Toranzo. Hacia 1450 será la fase de mayor esplendor en cuanto a la instalación de ferrerías en el Pas, apareciendo documentadas seis, no obstante la decadencia se va notando y a partir de 1650 no se fundará ninguna más, eso sí muchas de las establecidas seguirán trabajando hasta 1800. Las factorías se desplomarán gradualmente en dos fases, entre los periodos 1750-1800 y 1800-1850, debido no sólo a la restricción real del disfrute maderero, sino a que los montes del Pas estaban dentro del perímetro de explotación forestal de las reales fábricas de cañones de los Altos Hornos en Liérganes y La Cavada, y también porque aumenta la importancia de la vía de comunicación de la cuenca del Besaya.

Entre las ferrerías documentadas del Pas nos encontramos las de Igollo de Camargo, Quijano, Renedo, Las Presillas (Toranzo), Vejorís, Vega del Prado (Toranzo), Sel de Alcedo (Luena), Castañeda, Argomilla, dos en Saro y la de Selaya. Esta última estaba ubicada en el lugar de Vega Rodrigo, de ahí su denominación la ferrería de “Vega Rodrigo”, “Llenderal” o “Llanderal”. En 1587 ya se encontraba en funcionamiento y estuvo labrando, al menos, hasta 1752. La vena la traía de Sobarzo y el hierro resultante, en 1612 era destinado a la villa de Muros y Pontevedra; en 1620, por mediación de la lonja de Corconte, se mandaba a Castilla; y en 1642 al puerto de San Lucar, Sevilla e Indias. Perteneció a don Juan de Escobedo, famoso Secretario de Felipe II, de origen montañés, traicionado y asesinado en 1598. Durante toda su existencia permanecería en manos de este linaje de Escobedo. Durante algún tiempo fue explotada por la Casa de la Puebla, importante familia de armadores santanderinos. En la década de 1640, un miembro de esta casa y asentista de los reales bajeles, Alberto de la Puebla y Rubín de Celis, utilizaría para sus trabajos en construcción naval, los herrajes y clavazones procedentes de Landeral. A este asentista lo podemos encontrar explotando otras ferrerías como la de Quijano en 1652. Tenemos constancia de que, como todas las fundiciones montañesas, eran dirigidas por personal de origen vasco.

Otro dato aislado que hallamos, es que en la Edad Moderna existía en el Valle de Carriedo una cofradía de Correos a caballo del Rey, bajo la advocación de Santa Ana, que celebraban sus cabildos y reuniones con miembros residentes en el valle y otros fijos en la Corte. La profesión de Correo de S.M. sería asombrosamente próspera entre los oriundos del Valle de Carriedo.